(Originalmente publicado en Diario Gestión el 29 de octubre del 2010)
A la caída de las Torres Gemelas y a los enfrentamientos de Bagua, se les atribuye un factor común: el involuntario acercamiento de culturas. Se ha aproximado a unos a otros, sin habérseles consultado ni enseñado a convivir y, consecuentemente, se ha generado conflicto. Una gran barrera a la exitosa cooperación es la sobreestimación de una lógica propia y consecuente desestimación del significado que esta pueda tener en otra cultura. En los países pluriculturales occidentales interesados en el acercamiento de culturas se suele sobrevalorizar el fondo, y, consecuentemente, se desestiman las formas. ¿Cuáles son las herramientas adecuadas para un óptimo diálogo entre culturas?
Un taller internacional de relaciones culturales ilustró la importancia que adquieren las imágenes y actitudes, cuando las palabras están ausentes, o se tornan irrelevantes (ante barreras lingüísticas e idiosincráticas). Cinco actores esrilanqueses interpretan a una familia en el campo: dos cortan leña, dos corren detrás de un balón, y uno hace de niño sentado y llorando. De pronto, el director ordena a los actores congelarse, hace ingresar a una joven aldeana zimbabuense al auditorio y le pide que descifre la escena: "los hombres blancos han llegado a la aldea para llevarse los árboles, la familia ha tenido que escapar corriendo y ha dejado al bebé detrás, a merced de los invasores", dice ella. Una sola imagen, dos visiones y dos consecuentes distintos e impactantes mensajes que sobrepasan la barrera cultural que la retórica argumentativa no habría podido superar.
En el mencionado taller, del Consulado Británico en Suiza, participaron activistas que hoy ensayan técnicas de diálogo cultural para sanar algunas de las más grandes brechas sociales en países postconflicto como Ruanda, Israel y los ex soviéticos. Se convino en una conclusión que la comunicación social en países como el nuestro debe considerar: el mensaje que transmiten acciones e imágenes, sin palabras de por medio, es tan altamente impactante como subjetivo. El acercamiento entre culturas, que en el Perú se da en el contexto de exploraciones y explotaciones en suelos y poblaciones antes irrelevantes a la política y economía nacional, debe ser (y no ha sido) acompañado de esta conciencia.
Los conceptos de "incrementos de canon" o de "cosmovisión" pueden ser tan obvios y trascendentales para una cultura como irrelevantes y absurdos para la otra. El obstáculo no es la irrelevancia y absurdez que significa una idea propia de una cultura para la otra, sino el desconocimiento e incomprensión sobre la existencia de aquella percepción de irrelevancia y absurdez. Las culturas occidentales, por ejemplo, sobrestimamos el poder de convencimiento que tiene el debate de ideas y conceptos que creemos racionales, sin tomar conciencia de su potencial irrelevancia en otra cultura. Cuando el color de piel o idioma predispone a la división, y el discurso no transmite mensaje alguno, debe prestarse especial atención a lo que puedan transmitir las posturas, gestos, vestimentas, tono y actitudes.
La sobrestimación de la retórica, y consecuente relegación de acciones e imágenes, han significado fracasos en la interacción cultural peruana. Actos concretos como rechazar manjares locales, sostener conversaciones internas, sentarse en mesas separadas, o gestos faciales y corporales de desinterés, son solo algunos ejemplos de actitudes desintegradoras que suceden en la interacción cultural y deberíamos desterrar. El mensaje del activismo internacional en el mencionado taller de relaciones culturales, así como las lecciones aprendidas en el Perú, coinciden en señalar que en el diálogo entre culturas, las acciones son tan o más importantes que las ideas; pueden ser el puente en una brecha, o el detonante que la amplíe.
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