(Originalmente publicado el 11 de noviembre del 2010)
Luego de Bagua y Quillabamba, llega Islay, para completar la trilogía. La trama es conocida: interés de inversión privada en recursos naturales, desinformación de la población local, enfrentamiento entre población y Estado. El desenlace, no menos previsible: en el mejor de los casos el presidente del Consejo de Ministros acude a poner el parche solo después de algunos cuantos heridos, y en el peor, el parche se pone solo después de que hayan muerto 34 personas. La tensión que se vive en Islay acerca del proyecto cuprífero de Tía María, evidencia que el Estado y el sector privado se rehúsan a aplicar lo aprendido, o no han aprendido, sobre consulta y prevención. Estas carencias ponen en riesgo los 330 millones de soles que aportaría el proyecto Tía María a la región Arequipa (por no mencionar la generación de empleo y construcción de infraestructura), y perjudican la estabilidad económica del país".
El año pasado murieron más de treinta peruanos, y solo después se dialogó y se propuso. Se repitió el fenómeno en Quillabamba, en torno al gas de Camisea, y el Estado y el empresariado interesado desaprovecharon una nueva oportunidad de prevenir en vez de remediar, cuando solo después de los enfrentamientos, el presidente del Consejo de Ministros acudió a dialogar. Con el fin de que consensúen Estado, inversionista y población afectada, sobre proyectos de exploración y extracción, se elaboró
Esta renuencia se explica por un erróneo análisis costo-beneficio por parte del Gobierno. Pareciera que es más costoso canalizar esfuerzos e invertir en estudio y prevención de potenciales conflictos, que hacia la resolución de conflictos existentes, y por ende más fáciles de localizar. Además, la prevención es menos vistosa; capturar al asesino da más prensa que convencerlo de no disparar. Sin embargo, la experiencia nos dice que el costo de no consultar, ha resultado siempre más alto. A falta de un canal de comunicación que sirva a la inclusión, el marginado opta por las vías radicales, como la armada e insurgente en los 80 y 90; costosísima para los peruanos.
Asimismo, a la interrogante "¿cómo me afecta la obra que presencio?", no hay respuesta del inversionista o Gobierno, o falta de entendimiento de parte de la población afectada, personajes con intereses ajenos al esclarecimiento de la verdad, llenan ese vacío y logran desinformar a su antojo. Aunque el sector privado grite a viento y marea que sí invierte en estrategias de comunicación, evidentemente, no ha sido efectivo, y se requiere mayor inversión en cobertura, y renovación en la forma de informar. Solo una amplia e inclusiva estrategia de prevención se anticiparía a la desinformación y la inquietud que genera.
De nuestra desafortunadamente amplia experiencia en conflictos sociales, parece haberse aprendido poco. No consultar y excluir ha resultado más costoso que consultar –y lo entendemos solo después de haber pagado por ello. Para que se valore el beneficio de evitar conflictos a largo plazo por sobre los costos de inversión en consultar, queda pendiente el cambio de la cultura parche por la de prevención. La inclusión y estabilidad social significan mayor y entendida inversión y su eficiente redistribución, y sientan sólidas bases para el desarrollo. La aprobación de
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