jueves, 25 de agosto de 2011

(Des)igualdad que no da igual

(Originalmente publicado en Gestión el 28 de diciembre del 2010)

El avecinamiento de elecciones trae consigo lluvias de propuestas, pero sobre todo de críticas. Un tema recurrente es el modelo económico actual, al que se le festeja el crecimiento y se le reprocha la desigualdad con la que este se dio.

A pesar de que durante los últimos cinco años el modelo económico sacó a cuatro millones de peruanos de la pobreza, se le ha crucificado por el poco beneficio que trajo a los sectores más pobres. Sin embargo, este beneficio solo puede ser considerado "poco" en comparación al que obtuvieron los ricos en el mismo periodo. Pues si comparamos el beneficio que obtuvieron los pobres durante el modelo actual con el que ellos mismos obtuvieron durante el modelo anterior en los setenta y ochenta, queda claro que tanto ricos como pobres están mejor hoy que hace veinte años (y el "estar mejor" mídalo con su índice preferido, la mejoría es invariable).

¿Por qué importa entonces la equidad del crecimiento económico? La paradoja del molino hedonista sugiere que solo nos satisfacen las mejoras de nuestro bienestar cuando este alcanza o supera al de nuestros pares. De ahí que el socialista se rasgue las vestiduras cuando los recursos de un Estado benefician más a unos que a otros, así hayan beneficiado a todos individualmente. Y de ahí la proclama del Che: "si no hay café para todos, no habrá café para nadie".

Por otro lado, también se argumenta que la desigualdad impide el crecimiento económico. Una clase económicamente dominante extiende su control a las industrias tradicionales generadoras de riqueza e intenta restringir el progreso de otras que pudiesen destronar a las que ellos controlan. Esto perpetúa los obstáculos que impiden que un país y sus industrias tengan la oportunidad de innovación que, por ejemplo, impulsó la creación y expansión de nuevas fuentes de riqueza durante la revolución industrial, y que hoy está ausente en países dependientes de industrias extractivas dominadas por elites.

No obstante, como indicador de desarrollo, un índice de (des)igualdad –el índice de Gini, por ejemplo- puede volverse engañoso. Si bien sería óptimo que los distintos sectores de una sociedad igualen al que tradicionalmente creció más, no sería deseable que le sigan igualando si este empeorara. El índice en mención premia por igual a ambos casos: la equidad hacia arriba y hacia abajo, y claramente no da igual. Por ello, no debe usarse como legitimador del modelo económico que seguimos, que busca maximizar el bienestar colectivo de una sociedad a través de la retribución al esfuerzo individual de cada uno de sus integrantes.

Los índices de distribución como el de Gini, que son fotografías de la concentración del ingreso en distintos sectores de una sociedad, deben reemplazarse por los que miden la igualdad de acceso a herramientas y oportunidad de desarrollo, como el Índice de Oportunidad Humana (IOH) del Banco Mundial. El IOH busca reflejar la distribución del acceso a educación, salud, tecnología y crédito, y medir así la desigualdad que no da igual, la que se perpetúa gracias a circunstancias que escapan al control de las personas. No debe atacarse a la desigualdad en la distribución del ingreso per se, sino a las restricciones que limitan el acceso a las herramientas de desarrollo: salud, educación, tecnología y calidad democrática.

La legitimación del actual modelo económico depende de la extensión de las oportunidades de desarrollo a las poblaciones que menos se han beneficiado del reciente crecimiento. En este sentido, el Gobierno actual adeuda el destierro de la corrupción, que traduce poder económico en influencia política, y el eficiente uso de presupuestos para planeamiento y ejecución de proyectos sociales a nivel regional.

Al mismo tiempo, ha tenido aciertos como la creación del Colegio Mayor, que brinda una educación secundaria excelente y gratuita a los estudiantes más aplicados de las escuelas primarias públicas a nivel nacional. En este caso, la meritocracia provee igualdad de oportunidad y funciona como antídoto contra una trampa de pobreza. debe replicarse el uso de esta fórmula, así como el descubrimiento y uso de otras nuevas.

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