jueves, 25 de agosto de 2011

Dos modelos, un camino

(Publicado originalmente el 20 de mayo del 2011 en Gestión)


La segunda vuelta electoral, tanto como la primera y la historia moderna de las decisiones políticas y económicas en el Perú y el mundo, pueden simplificarse como una contienda entre dos modelos. La dicotomía electoral peruana del 2011, 2006 y 1990, es similar a la que hoy gobierna Sudamérica, y a la que caracterizó el mundo durante la Guerra Fría.

El modelo que hoy gobierna el Perú busca fomentar el desarrollo a través de inversión privada y seguridad macroeconómica, y el "alternativo" prioriza satisfacer las necesidades inmediatas de los ciudadanos más necesitados. La irreconciliable relación histórica de estos modelos significa polarización y discontinuidad hasta el día de hoy.

En el Perú, cada modelo tiene sus fieles. La base del "alternativo" está entre el 54% de los hogares del país que tiene necesidades básicas insatisfechas que, naturalmente, prioriza el cubrimiento inmediato de estas necesidades, y relega el largo plazo y la sostenibilidad. También están los que sí se han beneficiado con el primer modelo. Cuentan con una holgura que les permite priorizar la seguridad de inversión y estabilidad económica por sobre el cubrimiento de necesidades básicas propias y de conciudadanos.

Estos modelos están atascados en coyunturas de suma cero; los objetivos de uno se alcanzan solo a costa de los del otro. El modelo actual solo satisface las necesidades básicas de su población que la responsabilidad fiscal y climas de inversión le permiten. El esfuerzo se limita al "chorreo" y a los tibios intentos del gobierno central y los regionales por esparcir el crecimiento. El "alternativo" promete cubrir de inmediato dichas carencias, pero con políticas expansionistas y asistencialistas que producen inestabilidad y amenazan la sostenibilidad del crecimiento y del propio asistencialismo.

Que los objetivos de un modelo se den solo en desmedro de los del otro, es un grave problema. Cuando el modelo de turno acumula suficiente malestar entre quienes relega, convierte a su oposición en mayoría, y debe pasar la posta al modelo opuesto. Esto genera discontinuidad política, y fragmentación y resentimiento social. Si bien hay dos modelos y tan solo un camino político, la solución pasa por transformar la coyuntura a una en la que los objetivos de un modelo no resten a los del otro.

Concretamente, el modelo actual puede hacer mucho más por las necesidades de la porción del electorado relegada. La medida de comprometer el balance fiscal o la pronta satisfacción de necesidades básicas no es única ni necesaria: el problema con el presupuesto público, no es su tamaño, sino la ineficiencia de su gasto -en el 2010, cuatro gobiernos regionales invirtieron menos del 50% de sus cuotas. Para que cada nuevo sol invertido satisfaga más necesidades, se requiere mayor capacidad de gestión en los gobiernos regionales y coordinación con el central.

Mientras tanto, el sector privado interesado en conservar el modelo actual, puede transformar su preocupación política en acción social. La eficiente responsabilidad social empresarial y los aportes a las ONG tienen un potencial grande y desaprovechado para esparcir el crecimiento adonde el Gobierno no llega.

Los modelos son dos, y el camino uno. La carrera está 50/50 (o 40/41). En pocas semanas, habrá un modelo escogido y uno relegado; el reto no habrá terminado, sino recién empezará. El reto está en no descartar a los objetivos del modelo derrotado ni a la porción de la población que lo apoyó. Debemos formar una visión país que trascienda a modelos y gobiernos.

El camino no es lo suficientemente ancho para dos vehículos. El vehículo de turno deberá abrir sus puertas a 29 millones de pasajeros y llevarlos en dirección de una misma meta.

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