(Publicado originalmente el 18 de febrero del 2011 en Gestión)
Para la obtención de grado de país desarrollado, tenemos una gran asignatura pendiente: la consolidación de nuestra democracia. Aunque se haya propuesto al PBI o al IDH (Índice de Desarrollo Humano) como indicadores absolutos de desarrollo, ninguno logró consolidarse. Siglos y siglas después, no existe un único indicador determinante que nos gradúe como país desarrollado. Hemos aprobado en crecimiento económico y social, pero estamos por triquear en materia de calidad de democracia.
Entre los síntomas más perjudiciales de este subdesarrollo está el del voto irracional y la generación de un círculo vicioso que debilita gravemente a nuestra democracia.
En la teoría moderna, la ciudadanía cumple con su rol participativo cuando ejerce su voto. Sin embargo, para que los sistemas políticos actuales satisfagan las pautas modernas, estos deben emular a un mercado perfecto, en el que, de no satisfacer al consumidor, el productor deja de generar ventas y quiebra. Al votar, el ciudadano sujeta al Gobierno a cuentas, y lo castiga negándole su voto. Por ello, la teoría no comprende que un electorado que desaprueba en 93% la gestión de un presidente, le otorgue el 28% de su intención de voto en su siguiente postulación. Pues, en la teoría económica, los consumidores (o votantes) son actores racionales con acceso a información perfecta; en la realidad electoral peruana, no.
Si bien en democracia no existe un único candidato correcto, sí existen votos "correctos". Un voto es "correcto" cuando va al candidato que mejor representa las posiciones e intereses del votante, y cuando premia la capacidad, integridad y conocimiento del candidato sobre la materia a gobernar. Sin embargo, ninguna democracia calza con este ideal. En el 2000, al decidirse entre Gore y Bush, el electorado estadounidense consideró entre los diez factores más importantes a los siguientes: apariencia, asociación con otros políticos, y apoyo de otros ciudadanos.
En un país con índices de educación mucho más bajos que los de EE.UU., como el Perú, el panorama es menos alentador.
El voto "incorrecto" es parte de un círculo vicioso. Cumplir con los estándares de información perfecta que comprende un voto "correcto", implica que el ciudadano dedique la mayoría de su tiempo a informarse.
El votante busca aproximarse a un voto "correcto" sin necesidad de tanta inversión, a través de atajos como los medios de comunicación o el entorno social. Así, el ciudadano depende de la calidad y relevancia de información que estos medios provean, y acaba definiendo al voto "correcto" a través de factores irrelevantes - como lo malo o bueno que hizo el padre de una candidata cuando este gobernó, en vez de juzgar por la propia gestión de la candidata como legisladora (en la que asistió a 7 de 42 sesiones de la comisión de la cual es titular).
Así se perpetúa el subdesarrollo democrático, en el que desinformados electores escogen a malos políticos que, por incapacidad o conveniencia, no elevan el nivel de educación de la ciudadanía. Los medios de comunicación ofertan el tipo de información que su deseducado público demanda.
La ciudadanía se contenta con morbosa información, que ni educa ni ayuda a votar "correctamente". La calidad de la democracia se estanca en un círculo vicioso, en el que una pobre demanda genera una pobre oferta que eterniza la pobreza del producto.
Para quebrar este círculo vicioso, están las alternativas del voto facultativo, o la menos democrática limitación del voto al electorado más educado. Por otro lado, se puede "corregir" a la porción deseducada del electorado, con educación. Sin embargo, en las democracias hacen falta gobiernos que eduquen a quien con poca educación los escogió; ciudadanos educados que eduquen a los deseducados que escogieron un gobierno que no educa; y medios de comunicación que prioricen información por sobre tiraje o rating.
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