A raíz de la
incertidumbre y penumbra que durante semanas rodeó al Colegio Mayor (CM) y de
la especial cercanía que tengo con el proyecto y sus bondades, creo oportuno
analizar las críticas que recibe como modelo de educación y programa de
desarrollo.
Sus detractores esbozan
argumentos que también son reproducidos en otros sectores de la administración
pública: "distrae el presupuesto de los programas que buscan cerrar
brechas educativas (o de salud, infraestructura, etc.)".
La redistribución
vehemente de pobres servicios ya significó suficiente atraso en el pasado. La
calidad y la redistribución son importantes; deben reforzarse, no enfrentarse.
La solución no es matar programas como el CM, sino en expandir su impacto.
Las escasas y ambiguas
declaraciones del Ministerio de Educación (Minedu) sobre la continuación del CM
generaron zozobra, en especial entre los 600 alumnos que continuarán allí su
educación en el 2012. Recién hace tres semanas, con un mes de retraso y tras
una considerable presión mediática, se confirmó la convocatoria y continuidad
del colegio. No obstante, los argumentos que las autoridades oficialistas
deslizaron durante el tiempo de humareda y ambigüedad, develan una filosofía
sobre la cual debemos posar los lentes analíticos. La toma de decisiones debe
obedecer a argumentos, y no a presiones externas, como las mediáticas.
La crítica al CM y demás
proyectos costosos sostiene que la alta inversión que estos significan debe
esparcirse entre todos los ciudadanos. La redistribución del presupuesto
público en el Perú ha significado servicios de pobrísima calidad. En todo caso,
la crítica es inexacta: el presupuesto público no es escaso con relación al
nivel de gasto.
Al tercer trimestre de
este año, el Ministerio de Educación ejecutó un tercio de su presupuesto anual;
el CM no "quitó" recursos a otros programas. Además, los sobrecostos
son fácilmente reducibles: el CM paga S/. 6 millones en alquiler y el local es
propiedad del mismo Minedu. Los buenos proyectos deben ser costo-eficientes, no
eliminados por completo.
Irónicamente, la
insuficiente ejecución presupuestal (menor al 15% en algunas regiones al pasado
trimestre) se debe, en parte, a la falta de alternativas de inversión social de
comprobado impacto, o a la incapacidad de saber identificarlas. Es por ello que
proyectos de resultados comprobados como el CM (278 graduados, 273 ingresos a
educación postescolar, y más de 70 becas en un año) deben conservarse. El deseo
de inventar la pólvora cada quinquenio significa discontinuidad y pérdida de
valioso tiempo. El esfuerzo y aporte debe ser por perfeccionar logros
existentes en beneficio de la población.
Esto no significa que dos
o cinco CM solucionarán nuestros problemas educativos. Si bien los proyectos de
calidad son sostenibles y benefician al total de la sociedad en el largo plazo,
estos son insuficientes, pues relegan la satisfacción de necesidades inmediatas
de la mayoría. Por ello deben combinarse acciones de largo plazo e impacto
profundo, con medidas de corto plazo, reconociendo a las últimas como alivio
temporal. La duración de estos programas debe darse en función al ritmo de
reproducción de los proyectos de alto impacto. Los esfuerzos deben centrarse en
que los proyectos de alto impacto sean costo-eficientes, y acelerar y repercutir
su impacto, acortando los plazos de los programas asistencialistas y de alivio,
y haciéndolos cada vez menos necesarios.